Teoca significa ‘Casa de Dios’ en náhualt. El cráter del volcán que lleva ese nombre es un espacio poco común, que no es fácil imaginar aún habiendo escuchado de él. Parque recreativo, al ver su cancha de futbol tampoco se podría pensar que ésta se encuentra justamente sobre el centro del cráter. Rodeado por varias poblaciones que confluyen ahí, además de la cancha, el parque del Centro Deportivo Teoca tiene juegos y espacios para comer, además de un centro comunitario. Se trata, pues, de un espacio limítrofe que pocos conocen, y que está cuidado por las comunidades que habitan en la zona, pues la tierra ahí pertenece a los ejidatarios.


Para el octavo Dossier; encuentros colaborativos, se trabajó en este espacio paradójico, con el Grupo de Incursiones Artísticas Metropolitanas, seleccionado mediante la convocatoria. El colectivo está conformado por los artistas Ricardo Abad Vázquez, Perla Ramos, Marcos Vargas y Félix Carranza Ponce, quienes trabajan desde las nociones de límite y territorio, generando piezas que juegan con la posición del artista, al producir obra en espacios alejados, lo cual contempla una cierta invisibilidad en sus propuestas.


De este modo las piezas presentadas para esta octava producción dialogaban entre sí, aunque se plantearon como intervenciones individuales que ensayaban procesos de creación que ya están operando en el colectivo. Lo que llama la atención gratamente del proyecto es que el ordenamiento discursivo de inicio potenciaba el trabajo, y establecía una equidistancia que permitió la colaboración, a la vez que respetaba los procesos de cada uno de los integrantes.


Por su parte Perla Ramos realizó un registro de los las líneas perimetrales que dibujan la cancha, mientras ocurría un partido de futbol un sábado en la mañana. Para ello empleó una cámara que únicamente registraba su caminar por el perímetro, mientras se escuchaban los sonidos del juego no registrado en imagen, que descontextualizaban el ambiente general, particularizándolo en una atmósfera sonora que permite que en la pieza de video el espectador reinterprete aquello que acontece en aquel presente. Se trata de una devolución de sencilla factura, que sin embargo permite una interpretación potente acerca de un tiempo que se vuelve irrepetible justo porque tan solo muestra algunos detalles de la realidad.


Ricardo Abad produjo un video en el que empleó técnicas 3D, en las que reprodujo fragmentos reales del paisaje, integrando elementos de simulación como parte de su registro. Para ello, multiplicó la imagen en la que un hombre camina de uno a otro lado de un espacio elegido junto al cráter, muy cercano a la cancha. Conforme el video avanza, el cuerpo se multiplica según una temporalidad particular en la que cada figura hace confluir una multiplicidad de momentos específicos que juegan con la representación identitaria en el territorio. Para hacer pública la pieza, el artista generó calcomanías con un código QR, que colocó en el lugar en el que fue realizada la grabación original.


Félix Carranza Ponce a su vez, realizó una intervención in situ que consistía en la colocación de cascabeles trenzados y sostenidos por varas dentro de una zona en el bosque, desde la lógica de un juego posible entre las enramadas y árboles, que poseen un aroma y un color particular. Los cascabeles resultaban un complemento desde la experiencia, como recurso instalativo que pretende fundirse con la vida cotidiana de los paseantes que acuden los fines de semana al lugar. La apuesta integra recursos propios del ambiente, en la elaboración de experiencias posibles de interacción en espacios periféricos.


Marcos Vargas por su parte optó también por una instalación en la torre de vigilancia para incendios que la comunidad administra, y que también funciona como mirador. Para ello reprodujo una fotografía en vinilo adherible de la misma zona que se observa desde el mirador, colocándole en los ventanales de la torre, de manera que la reproducción funciona como referencia del espacio, como una especie de espejeo que permite realizar una alegoría inmediata, que dimensiona el carácter simbólico del paisaje.


Todos estos procesos se presentaron posteriormente en el espacio Motolinia 33 en el Centro Histórico.


Comentario crítico.- A pesar de que este trabajo fue más compartimentado que otros, los hilos conductores de la colaboración estaban ya predeterminados, por lo cual la coordinación fue sencilla y determinada casi por entero por los seleccionados. La manera de operar fue silenciosa, pero muy efectiva, pues la conjunción de elementos en el equipo ya había avanzado sobre los objetivos específicos del trabajo que los congrega. Es decir que en tanto el centro discursivo sea más específico, el sentido de las piezas es más claro. Lo mismo ocurrió respecto al territorio en el cual se propusieron las intervenciones, pues uno de los pilares de su organización resultaba estar en función a la elección respecto a los lugares precisos que se pretende afectar. Siendo que el grupo había definido ya tales espacios para realizar trabajos, como este volcán, la interdependencia estaba de algún modo ya establecida también.


Si bien las obras de cada uno en el grupo son procesos no del todo acabados, la idea de presentar un corte en aquel último evento señalaba ya profesionalismo y entendimiento de lo colaborativo sin la intermediación jerárquica de ningún agente. El diálogo estaba ya establecido en tanto los formatos resultaban ser experimentaciones al rededor del mismo tema vinculado a los límites y la territorialización de lo no habitado. En el Grupo de Incursiones Artísticas Metropolitanas había una cierta improvisación similar a este principio. La obligatoriedad grupal podía dejarse de lado, en tanto en el caminar era natural eliminar o se poner en cuestión la centralidad trascendentalista de la cohesión. Por ello es que los encuentros aportaban la posibilidad de auto-observación, y acaso las reglas con las que se iría a jugar el juego de la producción. Ésta se negociaba, en este caso, afuera, en el encuentro real, in situ, que revelaba el sentido de posibilidades posteriores, en una práctica emotiva, pero a la vez crítica.


En este sentido, habrá que esperar el ulterior desarrollo del equipo conformado, puesto que si bien en el trabajo no hubo conflictos, ni necesidad de una planeación esquemática antecedente para que las cosas sucedieran, se presentía en el discurso de los integrantes una inestabilidad que podría hacer que las voluntad de cohesión pudiera perderse en el futuro. Por ello sería deseable observar más elaboraciones formales de su parte. Por parte del proyecto Dossier, hay intenciones de seguir colaborando con sus procesos de creación.
 

Proyecto apoyado por el Fondo Nacional Para la Cultura y las Artes