En el décimo y último de los encuentros se trabajó con la artista Paola Bragado, que presentó a la convocatoria un proyecto vinculado a la reflexión sobre el cuerpo femenino y el sexo, específicamente trabajando con ficheras de la Ciudad de México. Desde una dimensión laboral que les coloca en el nivel de objetos fetichizados y enfrentados al espectador masculino, su trabajo se concentra en intervenir procesos de vida de trabajadoras sexuales, bailarinas y ficheras. Si bien ha realizado proyectos similares en otros países, es en la sociedad patriarcal mexicana donde ha encontrado un espacio primordial para desarrollar su labor fotográfica, en una evolución que le ha hecho generar a la vez relaciones más allá del mero retrato, por un lado para generar confianza y mayor acercamiento, pero a la vez en la medida en la que ella misma trata de des-objetualizar su propia mirada para intentar colocarse más cercanamente de ellas.


De este modo en su trabajo, vinculado al retrato, aspira a desarticular el convencionalismo y la pose común. Desde este ángulo fue que comenzó a trabajar con algunas de ellas sesiones de yoga, llevadas a cabo en los mismos espacios de trabajo en los que las chicas bailan. En ello existe una clara vinculación con la labor corporal, que implica un sustento económico vinculado a la oferta del cuerpo, aunque en el caso del yoga planteado desde una lugar paradójico, pues desde ahí la artista genera reflexiones acerca de lo íntimo con relación a una práctica de un orden distinto. Esto implica de algún modo un proceso de auto-cuidado, al menos en el imaginario orientalista que puja por escapar de las tensiones a las que nuestros cuerpos están sometidos en el capitalismo.


Según Bragado, existen tres ejes que determinan su quehacer. Por un lado, como ya se dijo arriba, las lógicas del retrato que convencionalmente subdividen la vinculación humana mediante la cámara entre un objeto/sujeto y un retratista. En este sentido, el espacio que se genera en ello se amplía para dar paso a un acomodo de quien es capturado desde una relación emocional que hace del proceso algo marcadamente social.


Está también el problema de la pose, que para el fotógrafo resulta ser en la actualidad un obstáculo a vencer, debido a que las técnicas fotográficas se han popularizado de tal manera que hoy día todos tenemos manera de fingir ante la cámara aquello que deseamos que el otro vea. Por ello, desde el contexto específico de las ficheras, enfrentadas siempre a la mirada masculina, esto es muy difícil de quebrantar debido a que se trata de un sistema de relaciones cerradas, si lo que se desea es encontrar nuevas subjetividades en quien está siendo mirado. La indagación entonces sobre lo femenino, implicaría la posibilidad de la apropiación de la propia imagen de las bailarinas, que no pasarían por los supuestos de un otro que necesita recibir una postura determinada para que el valor de cambio se haga efectivo.


Por último, el contexto social específico, en tanto aquello también es parte de la imagen retratada, desde una realidad determinada. En ese sentido, el trabajo se ha desarrollado hasta esta pieza en los mismos locales de baile, a la vista de los clientes, lo cual produce una tensión específica, en tanto el acontecimiento es otro, y a la vez similar; una clase de ‘relajación’ —de yoga— que se desarrolla mientras una fotógrafa les realiza las imágenes.


Por ello, el trabajo planteado para Dossier; encuentros colaborativos fue una evolución de esta lógica. La premisa fue el filmarlas para la realización de un video, mientras ellas tomaban clases de cerámica, de manera que las relaciones se tensaran aún más. De este modo, se realizaron algunas sesiones en las que las bailarinas llevaron a cabo una técnica sencilla de modelado en barro, en la que elaboraron distintas figuras en los salones del Posgrado de Artes y Diseño de la UNAM. A su vez, las chicas impartieron clases de baile a los alumnos y maestros de la Facultad.

Comentario crítico: Inicialmente Bragado se había inscrito en otro de los encuentros, que conformó un grupo al que terminó por no adecuarse. En un inicio esto yo no lo percibí de buena manera, pues se notaba poca voluntad para la participación colectiva, siendo que la convocatoria era clara sobre ello. Tratándose de una artista con un cuerpo de obra mayor, era comprensible que defendiera su proceso particular, aunque no que se negara a incorporar los motivos de la convocatoria. Cuanto volvió a aplicar a ésta, me pareció que a pesar de todo algunos de sus procesos coincidían con el proyecto de Dossier, debido a que planteaban desarrollos ulteriores interesantes a atender, y que hasta cierto punto realizaba un trabajo colectivo con actores externos a las artes. En este sentido, su trabajo se arriesga a llevar a cabo interpretaciones abiertas que se adaptan a los cambios, y que cuestionan no solo el contexto externo en el que se puede trabajar, sino la misma práctica del artista. Si bien ella no abandona, un poco de manera acrítica, la posición otorgada por su contexto, aquel privilegio es empleado para realizar intervenciones en los espacios a los cuales asiste para fotografiar o realizar videos.


Por ello la evolución del baile hacia la cerámica y su documentación es interesante hasta cierto punto, en tanto lo físico se transforma en una representación que el mismo cuerpo construye. Sin embargo, quizá un problema más puntual de este tipo de piezas es que contemplan apenas un pequeño espacio en el ciclo productivo en el cual los participantes están insertos. Esto, si bien permite vislumbrar un espacio para nuevas posibilidades hacia dentro de las relaciones productivas, para los involucrados podrían ser necesarios acompañamientos más contundentes, menos mediados por un imaginario simplista sobre la utilidad del arte como mero dosificador de información aparentemente relevante. Se entiende que el artista involucrado en tales procesos normalmente no se quedará en ellos, de manera que es imprescindible una planificación adecuada que permita una auto observación de los propios involucrados externos en tales procesos. Esto mismo se intentó en las sesiones con la artista, aunque conforme el proceso fue avanzando, menos receptividad había para tomar en consideración cualquier observación adicional. Por ello Dossier se deslindó del seguimiento de la pieza entera, concentrándose en apoyar específicamente las clases de cerámica in situ con las bailarinas, intentando no colaborar en el evidente juego de fetichización de su imagen. La pieza documentada acá es el trabajo específico con las ficheras, su evidente incomodidad, su fingimiento frente a la cámara, más allá del montaje establecido para provocar aquello.


Había, pues, una falta de comprensión de la naturaleza del proyecto, y de los términos sustantivos para él, así como de los que prescinde definitivamente. Lo interesante del proceso, en todo caso, no era la pieza en sí, sino el comportamiento del artista: oro molido para este tipo de crítica. Y es que se trató de una de las piezas que mayor información arrojó acerca de los modos individualistas y cerrados propios de un imaginado genio artístico. Acerca, pues, de lo que no algunos productores culturales y difusores no debemos hacer. Y es que había en Bragado una percepción que no pudo modificarse nunca, acerca de que no estaba siendo pagada por su trabajo, sino apoyada para una colaboración horizontal. La noción de trabajo que subyacía entonces a sus intenciones era jerarquizado, similar a una operación concentrada en las supuestas virtudes establecidas en un contrato —sin contrato real, por supuesto. Pensando en todo caso en los principios de Dossier, la pieza no era la grabación, sino únicamente las clases de cerámica, y las de baile que las ficheras darían. Porque faltaba claridad acerca de los contenidos conceptuales de la pieza, como ejercicio de autocrítica, lo que implica necesariamente una conceptualización más allá de la argumentación formalista. Y a pesar de la negativa a muchas de sus peticiones, había una suerte de exigencia e insistencia increíble sobre la grabación y las condiciones específicas de realización.


Así pues, nunca hubo una claridad de a quién, específicamente, le iban a impartir la clase de baile las chicas, de cómo se iba a difundir aquello, de cómo estaría dividido el tiempo, etc. Dudas que le hice saber, y que nunca respondió. Pero sobre todo temáticas más serias de trabajo, como ¿qué implicaciones tenía su procedimiento respecto a la función laboral de las chicas?; ¿qué implicaciones respecto a la exigencia académica? Incluso, nunca se definió cuál sería el programa de la clase de cerámica y el de la clases de baile, que terminaron realizándose de manera apresurada. Lo que parecía claro, luego de respuestas a medias, es que se trataba de un montaje que solo aspiraba a generar un video, para posicionarlo en el ambiente del arte, y unas relaciones superficiales con quienes contribuían a la pieza, y en quienes confiaban en ella para entregar su cuerpo a la cámara.


En todo caso la observación era fundamental. Y en este sentido, era más clara la intención de Dossier para rechazar el esteticismo de lo ‘colaborativo’, y la fetichización de la producción sin reflexiones de fondo.
 

Proyecto apoyado por el Fondo Nacional Para la Cultura y las Artes